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GPS – De un templo indio al Palacio de Versalles: un abanico de “modelos” para la arquitectura porteña

Cuando uno entraba en los palacios de «Buenos Aires, la París latinoamericana» -en visitas guiadas excepcionales, salvo en los que fueron transformados en museos- podía trasladarse hasta esa ciudad y hasta otras partes de Europa, incluso en el tiempo. Como encantado. El dorado y los caireles en el salón de baile del Palacio Ortiz Basualdo, sede de la Embajada de Francia desde 1939, son pasajes -más modestos- al Palacio de Versalles y a la vida opulenta en la corte de Luis XVI.

Ahora, por la cuarentena en medio de la pandemia por el coronavirus, no es posible pasar a ver las fachadas de ese monumento. Pero resulta sencillo evocar el techo gris del edificio y, con él, una tarde en esos mismo tonos a orillas del río Sena.

La Ciudad de Buenos Aires guarda construcciones con influencias diversas. Se sabe que la combinación de estilos fue y es regla. Tuvo»modelos» célebres, como Versalles, y casi secretos, como el tempo indio de los siglos XI o XII cuyos ecos se unen a los de la armonía neorrenacentista -entre otros- en la cúpula del Palacio Barolo.

Tanto marcó el mix de influencias a la arquitectura de Capital que sólo el ex Palacio Ortiz Basualdo atesora otras marcas de raíces europeas variadas. Tiene inspiraciones inglesas, como la rosa emblema de los Tudor que decora el techo de su Biblioteca. Y hasta escandinavas: las de su comedor provienen del Palacio Real de Oslo, Noruega, construido en la primera mitad del siglo XIX.

Hay más para elegir. La Ciudad de Buenos Aires cuenta con «copias» de símbolos del exterior hasta en los cementerios. En el de Chacarita está, por ejemplo, el Panteón de la Sociedad Española de Socorros Mutuos (1896), inspirado en un templete de El Escorial de Madrid (siglo XVI). El Panteón del Centro Gallego (1929), que se basó en el claustro de la iglesia Colegiata del (río) Sar, de Santiago de Compostela, cuya construcción comenzó en el siglo XII. Austero, de piedra. Y el de la Sociedad Salesiana (1923), con raíces locales: es casi una réplica, en pequeña escala, de la monumental Basílica María Auxiliadora y San Carlos, del barrio porteño de Almagro, con ecos de estilos románico y gótico y destellos dorados típicos de la decoración bizantina. No es casual que Clarín le dedicara a estas y otras edificaciones del lugar una nota GPS titulada Chacarita, un cementerio museo.

Panteón del Centro Gallego. En Chacarita. Germán García Adrasti, Archivo Clarín

Panteón del Centro Gallego. En Chacarita. Germán García Adrasti, Archivo Clarín

Galicia. Colegiata del río Sar, austera, tiene sus ecos en el Panteón del Centro Gallego de Chacarita. Archivo C

Galicia. Colegiata del río Sar, austera, tiene sus ecos en el Panteón del Centro Gallego de Chacarita.

Panteón de los Salesianos. En el Cementerio de Chacarita. Germán García Adrasti, archivo

Panteón de los Salesianos. En el Cementerio de Chacarita. Germán García Adrasti, archivo

Basílica. En Yrigoyen al 3900, pariente directa del Panteón de los Salesianos en Chacarita. Archivo Clarín

Basílica. En Yrigoyen al 3900, pariente directa del Panteón de los Salesianos en Chacarita. Archivo Clarín

¿Otro ejemplo palaciego, con un «pariente» francés menos célebre que Versalles? El estanciero y médico Celedonio Pereda encargó el Palacio Pereda, hoy residencia del embajador de Brasil, con un modelo en mente: el imponente Museo Jacquemart-André de París. Y para emular los frescos que habían creado Tiépolo y sus hijos, contrató al español José María Sert, de quien había visto una muestra en el Museo Jeu de Paume.

La selección de espacios para esta nota GPS es más arbitraria que lo usual. Pero, entre datos y algunas fotos, sugiere un  «paseo» por porteños de antología y sus inspiradores, desde Almagro hasta Francia o la India.

Los 6 elegidos:

1) De India con amor. El Palacio Barolo, ubicado en Avenida de Mayo 1370, exhibe una influencia oriental clave: su cúpula tiene aires de la gran torre del templo Rajarani Bhubaneshvar, construido en los siglos XI y XII en Orisha, al este de ese país. Consagrado al dios hinduísta Shiva, se lo llama «templo del amor» y contiene maravillosos relieves que muestran escenas eróticas. Por eso, quienes adhieren a la idea de que el arquitecto del Barolo, Mario Palanti, se inspiró en la Divina Comedia para diseñarlo aseguran que este espacio es parte fundamental del homenaje del Dante a Beatrice, justamente, su amor.

El arquitecto Mario Palanti construyó al Barolo entre 1919 y 1923. Para algunos expertos, su altura es un indicio clave de que el autor se basó en la Divina Comedia, de Dante Alighieri (1265-1321). Sucede que mide 100 metros, la misma cantidad de cantos que tiene esa pieza literaria. Se lo consideró el más alto de la Ciudad hasta 1936, cuando lo desplazó el Kavanagh.

2) Ortiz Basualdo. Este palacio fue diseñado en 1912 para los Ortiz Basualdo por el arquitecto francés Paul Pater -quien también creó el Tigre Club, actual Museo de Arte de Tigre-. Tiene rasgos marcados de, justamente, el academicismo de su país. Lo terminaron en 1918 y en 1939 lo compró el Estado francés para su Embajada. En la década de 1970, cuando trazaban la Illia y la 9 de Julio, quisieron demolerlo. Pero la Embajada de Francia lo impidió. Por eso, para expertos, el palacio es un «monumento a la sensatez».

Además del salón de baile con ecos de Versalles y de la rosa Tudor en la Biblioteca, esta mansión cuenta con un Salón de la Música, donde dibujos con trazos y motivos chinos decoran las paredes. Son marcas clave de la influencia del estilo de Luis XV. Está en Cerrito 1399.

3) Panteón de la Asociación Española de Socorros Mutuos. Fue diseñado en 1896 por el arquitecto noruego Alejandro Christophersen -autor del café Tortoni, la sede de la Bolsa y la Basílica Santa Rosa de Lima, entre otros edificios porteños-. Como contó a este diario el investigador Hernán Vizzari -custodio de la historia de los cementerios porteños-, se inspiró en el templete realizado por Juan Herrera que está el patio mayor del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial de Madrid (siglo XVI). Su profusión de detalles, como de una obra de orfebrería, recuerdan al neoplateresco y al barroco americano. «Es una joya pero hace años que se encuentra cerrado y prácticamente sin mantenimiento», advirtió Vizzari. Se ubica en la Sección 5, entre las calle 24 y 17 del Cementerio.

Panteón De la Sociedad Española de Socorros Mutuos, diseñado en 1896, en Chacarita. / Archivo Clarín

Panteón De la Sociedad Española de Socorros Mutuos, diseñado en 1896, en Chacarita. / Archivo Clarín

Madrid. Vista de los jardines de El Escorial el 19 de junio, día que se reanudan las visitas tras permanecer cerrado por el coronavirus. EFE

Madrid. Vista de los jardines de El Escorial el 19 de junio, día que se reanudan las visitas tras permanecer cerrado por el coronavirus. EFE

La historia de este panteón empezó antes de fines del siglo XIX, agregó Vizzari. Fue con la construcción de uno pequeño en el Cementerio de Recoleta. El crecimiento de asociados hizo necesario ampliarlo con mausoleos y luego, construir este espacio en antiguo «Cementerio del oeste».

4) Palacio Bosch. Lo diseñó el arquitecto francés René Sergent en Francia. Algunos indican que probablemente el Castillo de Bénouville, de Normandía, construido por Claude Nicolas Ledoux, a quien Sergent admiraba, lo inspiró. No fue barato ni fácil edificarlo. Cuando el palacio fue inaugurado, hace cien años, a la escalera señorial le faltaban pasamanos. Es que Ernesto Bosch, ex embajador argentino en Francia y después canciller, había hecho traer materiales y muebles desde París. Y, en el marco de la Primera Guerra Mundial, uno de los barcos que los transportaba fue bombardeado y hundido en el Atlántico. Volvieron a comprar las piezas pero su llegada se demoró.

El Palacio Bosch, con sus sellos franceses, estaba además en la línea de la arquitectura que se elegía en Washington a principios del siglo XX: imponente y sólida. Tal vez por eso Robert Woods Bliss, entonces embajador de Estados Unidos, insistió tanto para comprarlo. Bosch le pidió más de $ 2 millones: el doble al menos de lo que valía, según cálculos del historiador Daniel Balmaceda. Y se lo pagaron.

Al Bosch, que integra el Registro de Propiedades con Valor Cultural del Departamento de Estado norteamericano, lo habitaron los presidentes estadounidenses en sus visitas a Argentina: Franklin Delano Roosevelt en 1936, Dwight Eisenhower en 1960, George H. W. Bush en 1994 y Barack Obama en 2016. Todos, homenajeados con placas.

5) Palacio Pereda. Lo encargó en 1917 el estanciero y médico Celedonio Pereda al arquitecto francés Louis Martin, aunque lo terminaría el belga Julio Dormal a mediados de la década siguiente. Pereda tenía un modelo: el Museo Jacquemart-André de París. De ahí, las columnas tipo corintias y cuerpo central cilíndrico. Su escalera de dos alas también contó con una inspiración clara: la del Palacio de Fontainebleau. Y sus techos, pintados por el catalán José Del Sert, son de leyenda. Desde 1945 es sede de la residencia del embajador de Brasil. En Arroyo 1130.

Tras la crisis de 1930, muchas familias vendieron los palacios porteños. La venta del Pereda fue un negocio mucho mayor que el esperado. Es que fue pagado con barcos de mineral de hierro, antes de la Segunda Guerra Mundial. Y cuando estalló el conflicto, los precios de ese metal se dispararon.

Fuente: Judith Savloff  – clarin.com