El tren de la muerte

La Porteña avanza lentamente entre quintas, bajos y cañadones, portando su luctuosa carga de ataúdes. El Cementerio del Norte (Recoleta) y el del Sur (Parque Ameghino) habían llegado a tal nivel de saturación que, para alojar a tanto muerto, las autoridades se vieron obligadas a comprarle al Colegio Carolino el terreno de la Chacarita (o Chacrita) de los Colegiales. Curioso destino el de estos campos, que poco antes, la alegre estudiantina del Nacional Buenos Aires poblaba con gritos y juegos.

La llegada de La Porteña y su carga de muerte fue recibida con silencio sepulcral. Nadie sabe a ciencia cierta cómo comenzó esta tragedia, pero el 27 de enero de 1871, se conocieron tres casos de fiebre amarilla. Las autoridades no les prestaron atención. Algunos hablaban de veteranos de guerra que llegaban del Paraguay, otros de marinos enfermos. Ya Corrientes había sufrido la epidemia. De once mil habitantes, dos mil habrán muerto allí por su causa. Lo cierto es que la peste se enseñoreaba en los barrios vecinos al puerto, tierras bajas, lugares anegadizos que facilitaban la reproducción del mosquito, vector ineludible y desconocido de la enfermedad.

La celebración del carnaval ahogó la voz de alarma del Dr. Eduardo Wilde. El 20 de febrero murieron quince personas. Eran pobres. Eran tanos. No importa. Para entonces, el aristocrático barrio de San Telmo y la congestionada Plaza de la Victoria, se encontraban vacías. La enfermedad se diseminó a pasos agigantados y pronto los muertos se contaban de a miles. En esta gran aldea, que solo albergaba ciento ochenta y siete mil almas, no tardaron en acumularse los ataúdes a las puertas de los cementerios.

Las familias acomodadas se alejaron de las zonas apestadas, dejando abandonadas las grandes casonas que se extendían cerca de la basílica de San Pedro Telmo. Estas mansiones, de patios umbrosos y castizos aljibes, nunca más recuperarán su antiguo esplendor, porque después de la peste, los grandes señores buscaron climas más benignos, y sentaron sus reales en Flores y la Recoleta.

La ciudad se fue quedando sola. Los que podían, se escapaban de esta muerte segura, que no respetaba rangos sociales ni edad. Cien mil personas buscaron otros horizontes. Hasta el mismo Presidente Sarmiento dejó precipitadamente la Casa de Gobierno. Nunca dejarán de recriminarle esta huída. Los servicios asistenciales y funerarios estaban al borde del colapso. Buenos Aires sólo contaba con setenta médicos. Algo debía hacerse. El 13 de marzo se formó la Comisión Popular para luchar contra los estragos de la epidemia.

La encabezaba José Roque Pérez, el abogado más prestigioso de Buenos Aires y jefe máximo de la Masonería. Entre sus asistentes se encuentraba Lucio V. Mansilla (que perderá a su padre durante la epidemia, el general Lucio Norberto Mansilla, héroe de la Vuelta de Obligado), el doctor Argerich, el hijo del general Guido, el poeta Guido Spano, que recordará las zozobras de esos días en sus versos, y hasta el general Mitre, ex presidente de la República, se quedó en Buenos Aires para prestar sus servicios a la comunidad, como un ciudadano más.
La peste arreciaba.

El 10 de abril murieron quinientas sesenta y cuatro personas. El Gobierno Nacional decretó feriado hasta fin de mes… y después se verá quién queda. “La Prensa” continuó saliendo esporádicamente, solo “La Nación” se imprimió todos los días.

La ciudad estaba vacía, pero ni la peste era capaz de ahuyentar a los ladrones que robaban y saqueaban sin ser molestados. A veces se vestían de enfermeros para acceder a las casas vacías. Y cuando no robaban, estafaban. Después de la epidemia hubo una cantidad impresionante de juicios por testamentos fraguados. La codicia, entonces, ahora y siempre, no tiene límites.

Murió Roque Pérez en cumplimiento de su apostolado. Blanes lo retrató alto, robusto, enérgico y solemne ante el cadáver de una joven víctima con un pequeño hijo a su lado. Atrás, joven y de barba crecida, el Dr. Argerich se descubre ante su majestad, la muerte. El padre Fahy, ídolo de los irlandeses, falleció en la Catedral a causa de un problema cardíaco; apenas tuvieron tiempo de despedirlo con dignidad. Mitre se enfermó pero lo salvaron los cuidados de su familia. El bravo Dr. Muñiz, el mismo que a los 70 años marchó como médico a los esteros paraguayos, donde asistió a miles de combatientes, cayó vencido por la peste atendiendo a sus pacientes. El padre O’Gorman, hermano de Camila, la de triste memoria, recorrió las calles en búsqueda de los huérfanos que sembraba la epidemia.

Cuando todo parecía perdido, cuando la muerte volaba sobre la ciudad como un ángel destructor, la peste cedió. El frío había llegado y con él desaparecieron los mosquitos. Pero nadie se percató del detalle, creyeron que fueron los rezos, las súplicas, o que era simplemente un milagro. Otros le echaron la culpa a los italianos que se hacinaban en los conventillos donde se ensañó la enfermedad; como han muerto o han vuelto a Italia, la peste cedió. El 11 de junio se conocieron las cifras oficiales: catorce mil personas han fallecido, de las cuales nueve mil eran italianos y tres mil cuatrocientos criollos.

Por: Omar Lopez Mato

Extracto de «Angeles de Buenos Aires» – Historia del Cementerio de la Chacarita

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