Buenos Aires, 20/08/2017, edición Nº 4008

Cuando la vida se adueñaba de todas las necrópolis porteñas

Recoleta, Flores y Chacarita. En el siglo XX, miles de personas tributaban a sus muertos cada 2 de noviembre.

Por Hernán Vizzari
Historiador

El Día de los Fieles Difuntos convocaba multitudes en los tres cementerios de la Ciudad. La ceremonia se repetía cada año, hasta después de la mitad del siglo XX, cuando las costumbres funerarias comenzaron a cambiar. Y la procesión, aunque perseguía el mismo motivo, variaba según en qué necrópolis ocurriera.

A la Recoleta iban las principales familias de Buenos Aires. Las damas vestían luto riguroso y muchas rezaban de rodillas entre chicos que llegaban de las escuelas a visitar la tumba del maestro que se había ido. Los vendedores ambulantes de flores obstruían el paso a los agentes de Policía que trataban de mantener el orden. En el interior los sepulcros se limpiaban con notable esmero, tanto que los monumentos brillaban al sol y las estatuas de bronce parecían talladas en un enorme diamante negro. Casi todas las bóvedas y panteones se enmarcaban con nutridos arreglos florales, columnas de hiedra entrelazadas con jacintos, guirnaldas y coronas.

En Chacarita, los portones se abrían poco después de las 5. Iba tanta gente que en el extremo oeste del barrio se había formado una vida comercial de compra y venta de artículos funerarios. Y hasta se construían carpas y casillas de madera donde se vendían comestibles y bebidas. La gente llegaba en tranvías desde todos los barrios. El programa era pasar el día.

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Estas postales tan ambiguas, tan distintas, contrastan también con el cuadro social: humildes y bien puestos penetran al sagrado recinto de la Ciudad de los Muertos. Ya en el interior de esas largas calles, silenciosas, llenas de recuerdos, pensamientos y sentimientos, se depositan flores como ofrendas a la memoria de un padre, de una madre cariñosa, de un amigo o tal vez de un prometido. El hecho es que en ese día, todo era vida en los cementerios.

La venta de flores era un gran negocio, y parte de la ofrenda era llevar desde un ramito hasta un soberbio arreglo, todo era válido. Pero entre esos vendedores a veces se encontraban los oportunistas que asaltaban a las personas que descendían de los tranvías o carruajes con el ardid de ofrecerles su mercadería.

En el cementerio de Flores la misa se oficiaba junto a la bóveda tradicional de la familia fundadora. Todo aparecía cubierto de flores.

Cerca de la hora el cierre del cementerio, la multitud tenía dificultades para volver a sus hogares, así que tomaba por “asalto” los tranvías. Había tumultos en los que debía intervenir la Policía. Aunque las tres empresas de tranvías, Lacroze, Belga y Buenos Aires, daban un servicio especial para los cementerios, la cantidad de gente era tanta que no daban abasto y lucían repletos, con los pasajeros colgando en los estribos.

Para las 6 de la tarde las necrópolis recobraban esa soledad y silencio típicos de los lugares santos. Los vivos habían cumplido con los muertos, dejando a su paso un tendal de flores, amor y recuerdos.

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Si bien en Buenos Aires y otros lugares las costumbres funerarias fueron desapareciendo gradualmente, en el Norte argentino no pasa lo mismo. Allí todavía se mantienen costumbres muy similares como en el resto de América latina. Cada pueblo y región posee diferencias a la hora de conmemorar el “Día de los Muertos o las Almas”, pero todos persiguen la misma finalidad: agasajar a las almas de los seres queridos que ya no están.

Fuente: clarin.com

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