Buenos Aires, 20/08/2017, edición Nº 4008

Renace el legendario Mirador de Chacarita

Tres Dimensiones Lo hizo construir un inmigrante a fines del siglo XIX. Ahora, por iniciativa de los vecinos, intentan devolverle su esplendor.

Hay un Palermo que no es tan glamoroso ni bohemio “chic” como Palermo Viejo ni tan festivo y “cool” como el Palermo Hollywood. Algunos lo llaman Palermo Death por albergar el cementerio de la Chacarita. Lo cierto es que esta zona todavía apacible y de anónimas casas bajas también tiene su carácter especial.

Sin duda una manzana que le da un rasgo identitario es la delimitada por las calles Loyola, Bonpland, Aguirre y Fitz Roy. Allí de entre una añosa arboleda de olivos, magnolias y palmeras, emerge una singular y casi misteriosa cúpula de hierro y vidrio. Se trata del Mirador Comastri, una antigua casona de planta cuadrada construida entre los años 1870 y 1875 en estilo renacentista italiano que gracias a la movilización de los vecinos y al tataranieto de su original propietario, don Agustín Rafael Comastri, se salvó de la piqueta y hoy está en proceso de reconstrucción.

La torre y el mirador de la casona de los Comastri.

La torre y el mirador de la casona de los Comastri.

Comastri fue uno de esos miles de inmigrantes italianos que allá por el año 1860 vino en busca de un futuro promisorio, a “hacer la América”. Y bien que la hizo. Vinieron desde la Toscana con su mujer Clementina Cataldi y de a poco fueron armando un establecimiento industrial en lo que era el Partido de Belgrano – Chacarita. Dedicaron esas tierras que llegaron a ocupar unas 60 manzanas aproximadamente entre las actuales calles Corrientes, Niceto Vega, Dorrego y el arroyo Maldonado, hoy entubado bajo la Av. Juan B. Justo, a la horticultura, cultivaron árboles frutales, tuvieron viñedos y hasta fabricaron ladrillos.

A fines del siglo XIX, desde el Mirador se divisaban las 60 manzanas que ocupaba el establecimiento de la familia Comastri.

A fines del siglo XIX, desde el Mirador se divisaban las 60 manzanas que ocupaba el establecimiento de la familia Comastri.

En una de esas manzanas, Comastri le encargó al arquitecto Eugenio Biagini una casona para su ya multitudinaria familia al estilo de las señoriales viviendas campestres llamadas “villas”. Biagini la enclavó estratégicamente en el terreno. La hizo de planta cuadrada, simétrica con una importante galería en el acceso y con los pisos superiores que se van escalonando hasta rematar un particular mirador de acero y vidrios de colores. Y uno de los pocos que queda en pie en Buenos Aires.

El render muestra cómo era el Mirador Comastri original.

El render muestra cómo era el Mirador Comastri original.

La historia es larga y parecida a muchas otras en nuestro bendito país. A mediados de los 80 el futuro promisorio de Comastri empezó a desdibujarse: ya le habían expropiado parte de sus tierras para hacer el “Ferrocarril al Pacífico”, luego para ampliar el Cementerio de Chacarita. Para rematarla, según cuenta el historiador Diego A. del Pino con la mala jugada de invertir fuertes sumas en una compañía financiera que quebró. Cuando el pionero falleció en 1891, a los 61 años de edad, las tierras se dividieron entre la viuda y los 10 hijos, quedando solo en pie la manzana del Mirador. En la década del 20, los herederos se la alquilaron al Consejo Nacional de Educación que instaló la “Escuela al Aire Libre” N° 4 que funcionó hasta que pasó a ser una residencia para estudiantes universitarios y luego, a partir del año 1957, la ocupó la actual Escuela Nacional de Educación Técnica (ENET) N° 34, “Ing. Enrique Martín Hermitte”.

El problema es que hasta pasada la década del 70, la conciencia sobre el patrimonio sea arquitectónico, paisajístico, histórico o inmaterial era inexistente tanto en los circuitos académicos como en la opinión pública. Sobran ejemplos de casonas, palacios, magníficos edificios demolidos o mal intervenidos. En el caso de la “villa” Comastri además de dejarla caer casi hasta el estado de ruina, le “pegotearon” construcciones, que seguramente serían necesarias, pero a los ojos y criterios de hoy son totalmente desafortunadas ya que este tipo de edificio, derivado de las villas palladianas, debe ser exento para que se puedan percibir sus cuatro fachadas.

Pero los tiempos cambiaron y gracias a la iniciativa y movilización de los vecinos, de la colaboración del Centro Vecinal de Participación, de la Junta de Estudios Históricos de Chacarita y Colegiales, de la Asociación de Amigos del Parque Los Andes y el seguimiento persistente del arquitecto Raúl Comastri, entre otros, el edificio y el predio está en vías de recuperación.

La galería del frente principal, ya restaurada.

La galería del frente principal, ya restaurada.

El edificio pasó de manos del Ministerio de Educación al de Cultura porteño; en 2004 la Legislatura lo declaró Sitio de Interés Cultural y fue Catalogado con Protección Estructural por la normativa de Areas de Patrimonio Histórico. Y ya se cumplieron las dos primeras etapas de la restauración. Los equipos de la Subsecretaría de Patrimonio Cultural del Gobierno porteño consolidaron su estructura, restauraron los revoques exteriores, las carpinterías, la galería y la galería que da al frente. También recuperaron su esplendor los interiores de una de las alas del edificio.

Estado actual del Mirador, intrusado por otras construcciones.

Estado actual del Mirador, intrusado por otras construcciones.

Ahora falta una tercera etapa, en la que además de recuperar el resto de las habitaciones del edificio y los jardines, el proyecto del Gobierno incluye “correr” el cuerpo posterior que no es original para volver la villa a su condición natural.

El proyecto de intervención propone despegar el Mirador de los otros edificios.

El proyecto de intervención propone despegar el Mirador de los otros edificios.

Los vecinos siguen el pulso del Mirador de cerca. Vienen bregando desde hace mucho para que se convierta en un centro cultural. Que como en un tiempo fue un faro de prosperidad a la vera del arroyo Maldonado, quieren que hoy irradie cultura a la comunidad. En definitiva no piden ni más ni menos que su destino respete la memoria profunda y el alma del lugar.

Por: Berto González Montaner

Fuente: clarin.com

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