Los porteños no rompimos con el tabú de la muerte

Dice que ahora cuando pasamos frente a un cementerio “hacemos los cuernos” y miramos para otro lado ante un cortejo fúnebre. Y que, en relación al pasado, la gente casi ni va a la Chacarita.

La primera imagen es de vida. Una santa rita florecida de fucsia, sombras de árboles anónimos, cantos de pájaros esquivos, césped cuidado. Pero aunque no hubiera cruces, ni bóvedas, ni nichos, en algún momento, y sin argumento racional detrás, hasta el visitante menos perceptivo intuiría que está en un cementerio. Diría que es una sensación que se va filtrando sin apuro. No resulta extraño que esté en esta tarde soleada después de tanta lluvia en la Chacarita. Espero a propósito, porque llegué con anticipación, a mi entrevistado, un investigador amateur que se metió con la historia de este campo santo urbano nacido al influjo desprolijo y arrasador de la fiebre amarilla. Peste que diezmó Buenos Aires en 1871 y lo dejó con catorce mil habitantes menos. Ellos, claro, como uno mismo, tampoco tenían a la muerte en su hoja de ruta. Una última visión antes de las presentaciones. Hoy, se me hace, la muerte se puso a tono con la época: de la mano de los cementerios parque parece más ecológica, con más verde y menos cemento del que veo ahora en este corredor de bóvedas con ángeles depurados que habrán conocido mejores tiempos.
Si antes no hubiera sido un chico algo desobediente, Hernán Vizzari, 35 años hoy, tal vez jamás se hubiera interesado por la Chacarita. Porque fue en bicicleta que descubrió ese mundo, como atajo entre su casa de Villa Luro y Palermo. Destino que él y sus amigos eligieron hace más de 20 años como paseo obligado, aunque su madre creía que pasaba las tardes en el cercano Devoto. Pero entre él y los otros había una diferencia. Los demás apuraban al pedal para pasar como una exhalación y el Hernán chiquito se retrasaba para mirar las esculturas sobre las bóvedas, las placas sobre las tumbas, sin reconocer ningún nombre, “ni el de La Madre María ni el de Celedonio Flores”, pone como ejemplo. La explicación que da de semejante atracción queda a consideración: “Nunca desde el plano morboso, sino desde la imagen”. Y debe ser así porque con el tiempo se dio cuenta que no había ninguna información centralizada sobre el cementerio y abrió dos páginas web no oficiales (www.cementeriochacarita.com.ar y www.museofunerario.com.ar ) y firmó, junto a su mentor, Omar López Mato, un oculista también puesto a investigador, Angeles de Buenos Aires, historia de los cementerios de la Chacarita, Alemán y Británico.

¿Los argentinos padecemos de necrofilia?

Para algunos muertos sí. Los que son ídolos populares, algunos políticos, pero sólo para ellos.

¿Dice que el culto a la juventud, a lo frívolo -no tomado como sinónimo de juventud- lleva en los otros casos a ocultar la muerte?

Sí. Los porteños de ahora no rompimos con el tabú de la muerte. Cuando pasamos frente a un cementerio hacemos los cuernos y miramos para otro lado al cruzarnos con un cortejo fúnebre.

¿Existe una estadística sobre cuánta gente iba antes a los cementerios y cuánta va ahora?

No, pero en los registros fotográficos se ve una presencia multitudinaria en la Recoleta y en la Chacarita hasta los cincuenta. Hasta la Policía esperaba a los delincuentes el Día de los Difuntos para atraparlos con una flor para su madre. Luego el público empezó a mermar y en los sesenta se nota todavía más la decadencia de esa costumbre funeraria.

¿Y en relación a hoy?

Hoy la diferencia es abismal y apenas hay más gente en los días de la Madre o del Padre. Un viejo cuidador me contaba que cuando venía de chico con su padre, que cumplía la misma función -los puestos casi son hereditarios-, las galerías estaban abarrotadas y hoy los familiares vienen cada muerte de obispo. En otras palabras: era un puesto redituable.

¿La Chacarita hubiera existido sin la fiebre amarilla?

Creo que sí, pero hubiera llegado más tarde. Primero traían los cadáveres en carreta y luego en tren de tantos que había. Y no se sepultó ni en la Recoleta ni en el cementerio del Sur. Fue como un torbellino. Pero hay que recordar que la primera Chacarita funcionó en el parque Los Andes, luego clausurado porque no daba abasto.

¿Se hizo al correr de las necesidades?

Al principio sí. Se barajó también hacer el cementerio en Belgrano, pero un urbanista francés aprobó esta zona porque era alta y la permeabilidad de los suelos se adaptaba a la función que cumpliría.

¿Se entierra ahora como se hacía antes?

Antes se ubicaba el ataúd a tres metros bajo tierra, ahora no. Cuánto más cerca de la superficie, más rápida es la descomposición del cuerpo. En tiempos de la fiebre amarilla además se echaba cal sobre la tierra.

Mirando las placas conmemorativas o las lápidas ¿qué historia lo conmovió?

La de Manuel Balado. Fue el primer neurocirujano argentino y creó la primer cátedra de neurocirugía en el país y me da cosa que la última placa se puso en los setenta.

Déme un ejemplo de las cosas que descubrieron en la investigación.

Que el panteón de la Sociedad Española de Socorros Mutuos (hoy abandonado por una pelea judicial) resultó una réplica del monasterio del Escorial, en España. El arquitecto Alejandro Christophersen, responsable de la construcción, habrá pensado que sería un buen lugar para descansar, como lo hacen en el original los reyes de España.

¿Ya no hay familias que construyen sus bóvedas?

No aquí. Algunas se reciclan cuando se da por cumplido el contrato que se hacía a perpetuidad, pero que en realidad establecía un plazo de 99 años.
En un banco verde de plaza,frente a la tumba sombreada de Osvaldo Soriano, con una frase de Triste, Solitario y Final a modo de epitafio “Basta de muertes…y empezó a cerrar la tumba”, termina el reportaje, aunque la última imagen de tarde soleada también sea de vida. Simplemente porque no podemos imaginar otra cosa..

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