Buenos Aires, 16/10/2017, edición Nº 4065

Plañideras y dolientes. Rituales funerarios medievales.

Para un Angel. 
No hay sino un vacío enorme, hoy imposible de llenar de otra cosa que no seas tu.
La muerte, que es parte de la vida, acaba imponiendo una realidad que lastima. El dolor y la pena se han reflejado desde época inmemorial en la familia y amigos del fallecido. Largos lutos y duelos acompañan la vida de los mas allegados junto a otras manifestaciones externas del dolor por la pérdida de la persona querida.
Es una cuestión que atañe a toda la colectividad por lo que es fácil deducir un cierto aderezo de símbolos externos que se ha conservado hasta la actualidad. La negritud de las ropas durante el luto y el enclaustramiento de las mujeres  han sido una constante de la sociedad tradicional.
Columna rematada en personaje que se mesa el cabello en el pilar situado en la cabecera de la iglesia de Palazuelos
De entre las costumbres mas arraigadas en la castilla rural tradicional vengo a destacar la del reparto de pan entre los mas pobres que asistían al funeral, un presente que pone de relieve el estatus social y económico del finado.
A esta misma realidad no es ajena la convocatoria de un número muy significativo de acompañantes en los funerales y el velatorio con su cortejo de plañideras.
Aunque no en exclusiva, el papel femenino en el llanto público debe estar relacionado con el papel de las mujeres en las sociedades patriarcales ya que ellas son quienes se ocupan del aseo doméstico, una labor a la que se asocia el lavado del cadáver. De justicia es pues que posteriormente acompañen al difunto en presentación pública para la exposición y el velatorio.
Los hebreos, desde muy antiguo, tenían por costumbre mesarse (tirarse con fuerza de) los cabellos, echar ceniza y polvo por la cabeza y el cuerpo, rasgarse las vestiduras, vociferar, llorar y lamentarse ante la muerte de un ser querido con los cabellos desgreñados, los vestidos desgarrados y el pecho desnudo, vestirse con tela de saco, deshaciéndose de todo adorno para vincularse al difunto, que ya no podía gozar de ellos e incluso herirse en el pecho.
En los poemas homéricos, que como saben, recogen tradiciones y hechos mas antiguos, es familiar la imagen de las mujeres que se arañan las mejillas y el pecho o se arrancan los cabellos ante la pérdida de un familiar. Briseida, Hécuba o Andrómaca son protagonistas de escenas funerarias de esta índole en la Iliada.
Pero al llanto espontáneo y al dolor real se le añaden elementos de artificio. Desde antiguo, las plañideras formaron parte de un servicio que era contratado y pagado,  muy bien documentado en las fuentes históricas.
En el medievo, esas costumbres ancestrales, fueron ampliamente perseguidas e incluso prohibidas por la Iglesia,  con escasa fortuna, como veremos.
Al Cid mismo se le atribuye la intención de impedir que se contrate el llanto protocolario y de artificio ” Mando que no alquilen plañideras que me lloren. Restan las de Jimena sin que otras lágrimas compren”.
La manera en que durante la Edad Media las procesiones funerarias manifestaban el dolor  por la muerte de un ser tan querido viene reflejada precisamente en elementos relacionados con el ámbito de los templos y de sus espacios de necrópolis.
Las plañideras de los canecillos de Frómista son solo un ejemplo de los muchos que la iconografía medieval revela, o algunas otras figuraciones como las de las arquivoltas de la portada de Santo Domingo en Soria, constituyendo los sepulcros los mejores elementos para el análisis de esta realidad.
En el Museo Nacional de Arte de Cataluña se conservan y exponen las tablas maravillosas procedentes de San Andrés de Mahamud, en la provincia de Burgos, que corresponden al cortejo funerario del ataud pintado del caballero Sancho Saíz de Carrillo.
Plañideras y plañideros del ataúd de D. Sancho Sáiz de Carrillo.
De entre aquellos otros pétreos, por diferentes razones, he decidido hacer una brevísima presentación del tema de los dolientes y plañideros, seleccionando los de la iglesia del monasterio cisterciense de Palazuelos, un magnífico ejemplo en el que se combina  la propia figuración del doliente en un rincón sobre una columna, marcando el lugar de un enterramiento, y la decoración profusa de sus sarcófagos pétreos.
Fotografía antigua de la iglesia de Palazuelos
El Monasterio fue fundado a comienzos del siglo XIII sobre unos terrenos que el rey Alfonso VIII otorga a don Alfonso Téllez de Meneses como recompensa por su participación en la batalla de las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212). En 1213 invita a la comunidad de monjes cistercienses del cercano monasterio de San Andrés de Valvení a hacerse cargo de este lugar. El traslado requirió levantar un nuevo monasterio en estilo románico que se concluyó a mediados del siglo XIII y que vino a convertirse en panteón familiar de sus aristócratas protectores: el linaje de los Téllez de Meneses
Iglesia del Monasterio de Palazuelos desde la cabecera
En el libro Tumbo de la comunidad, escrito en 1623, se citan los enterramientos pertenecientes a la familia, cuyos sarcófagos se hallaban en la capilla mayor, entre ellos los de Alfonso Téllez de Meneses y su esposa Teresa Sánchez, sus hijos y nietos.
Por motivos desconocidos, los sepulcros exentos que conformaban el panteón fueron recolocados, pasando a ocupar desordenadamente, la capilla funeraria hoy conocida como de Santa Inés, abierta a las naves en el lado del Evangelio. Esta capilla responde a una edificación funeraria, por lo que no se descarta que sea el emplazamiento original de los enterramientos de Don Alonso y Doña Teresa, los fundadores.
Capilla de Santa Inés. Palazuelos.
En el año 1964, ante la situación de abandono de la antigua parroquia de Palazuelos, tres de ellos sarcófagos de piedra fueron trasladados al Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid, donde se hallan en la actualidad, dos de ellos colocados en el espacio central de la Capilla de San Llorente.  Otros siete, en diferentes estados de conservación, permanecen en la iglesia de Palazuelos. Desgraciadamente ninguno de aquellos conserva la policromía original.
Sepulcro de un nieto de Alfonso Téllez de Meneses. Entierro del caballero y dolientes.
Los personajes  que aparecen en estos maravillosos sepulcros plañendo no sólo son mujeres, pues advertimos la presencia de hombres tirándose del cabello y de una mujer con toca que se araña la cara, si bien es cierto que la mayor parte de los personajes carecen de tocado y llevan melena corta dividida en dos y rematada en bucles. Señalando el lugar de colocación del sarcófago, se representa el mismo tema en las columnas que sustentan la arquería, tal y como ocurre en la realidad del templo de Palazuelos.
Sepulcro de un nieto de Alfonso Téllez de Meneses. Pajes y caballo enlutado.
Los pajes del personaje enterrado también lloran y se arrancan los cabellos junto al caballo de su señor, a cuyos lomos se coloca el escudo invertido en señal de duelo. Se trata de una escena en relieve de la zona correspondiente a los pies del sepulcro, que se advierte en, al menos, dos de los sarcófagos de Palazuelos colocados actualmente en el museo de la Catedral de Valladolid.
Escena de plañideras en otro de los sepulcros. Este en Palazuelos.
Sepulcros idénticos, igualmente pertenecientes a la familia de los Téllez de Meneses, fueron realizados hacia 1300, posiblemente por los mismos escultores, para el monasterio cisterciense de Santa María de Matallana, fundado por Tello Pérez de Meneses y su esposa Gontrodo García, alrededor de 1185, en las proximidades de Villalba de los Alcores (Valladolid).
Un ejemplar completo se expone en el Museo Nacional de Arte de Cataluña de Barcelona. Este si conserva los restos del color original.

Villalba de los Alcores
Temas similares aparecen en el sarcófago de Santa María de la Vega, donde la procesión de plañideras y dolientes está configurada por varones y mujeres, figuras tocadas que se arañan y otras, sin tocado, que se tiran del cabello. Este ejemplar se encuentra expuesto en el  Museo de Palencia
Santa María de la Vega

 Fotografía de Justino Díez.
Con un indudable significado funerario, se decora el frontal de la tapa de un sarcófago.Tres hombres alineados tocan una cuerna, los de los extremos se tapan la oreja con la mano izquierda y el del centro se agarra el cordón de la capa.
En otra de las tapas de un sarcófago se representa un cortejo de monjes o monjas que tapan sus manos con largas mangas de los hábitos y cuyos brazos aparecen cruzados. En el medio del cortejo fúnebre aparece otro personaje con capa y báculo.
Un tema parecido, aunque mas vivaz está representado en la Comitiva de monjas del sepulcro de Doña Urraca  Díaz de Haro (s. XIII) Abadía de Santa María de San Salvador, Cañas, en La Rioja.

Sepulcro de Doña Urraca  Díaz de Haro (s. XIII) Abadía de Santa María de San Salvador, Cañas, en La Rioja.

A partir del siglo XII y más particularmente después del establecimiento de las ordenes mendicantes (carmelitas, agustinos, capuchinos y dominicos), la ceremonia del duelo, el velatorio y el entierro cambió de naturaleza; A la familia y los amigos a partir de los siglos XII y XIII, les acompañan sacerdotes y monjes-monjas de las ordenes mendicantes especialmente, así como otros  laicos con funciones religiosas ( de las ordenes terceras o los cofrades).Así, el acompañamiento se convierte en una solemne procesión escolástica: los parientes y amigos dejan de ocupar posiciones en estas procesiones funerarias; pobres y niños de hospital (expósitos o abandonados) empiezan a integrar el cortejo según la riqueza y generosidad del difunto, al tiempo que intercederían en favor suyo ante la corte celestial.

En fin, el complejo mundo funerario medieval es de alguna forma compilado en estos expositorios de los usos y costumbres y nos permiten vislumbrar, siquiera superficialmente, las representaciones públicas y formales en torno a la muerte.

Algunas fuentes, curiosidades y trabajos interesantes sobre este tema son: 

 .- Jeremías 9: 17 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: Considerad, llamad a las plañideras, que vengan; enviad por las más hábiles, que vengan, 18 que se apresuren y eleven una lamentación por nosotros, para que derramen lágrimas nuestros ojos y fluya agua de nuestros párpados.
.- Inés Calero, 2012. los legisladores griegos y sus Preceptos sobre las mujeres en los funerales.
A las mujeres griegas se les permitió estar presente en los funerales, pero desde el período arcaico las legislaciones funerarias prohibieron las lamentaciones femeninas, las laceraciones y la suntuosidad. Solón excluyó a las mujeres que no tenían relación de parentesco con el difunto, excepto a las mayores de 60 años. Motivos suntuarios podrían estar detrás de esta estipulación para eliminar las plañideras de alquiler, pero sobre todo hubo un intento de restringir la presencia de las mujeres en público.
.- la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de 1575: pocos días habían le habían traído nuevas de que el adelantado, su marido, le habían muerto […], y como le trajeron tan tristes nuevas, ella se mesó los cabellos y lloró mucho y se rasguñó su cara y por más sentimiento mandó que todas las paredes de su casa se parasen negras con una tinta y betún negro.
.-(Kadare 2001:16-18). El escritor albanés Ismail Kadare en su novela Abril Quebrado retrata a las plañideras como actrices trágicas, con derecho a coro y máscaras, resaltando la teatralidad del acto de plañir el dolor ajeno en un espectáculo de cruel actuación dramática con la autoflagelación mediante las uñas y la sangre en el rostro, arrancar los cabellos y los pelos del cuerpo, todo ello en señal  de dolor extremo siguiendo ancestrales costumbres.
 “Las plañideras tenían el rostro arañado y ensangrentado. La tradición ordenaba que no lo lavasen ni en la aldea donde ocurrió la muerte, ni en el camino de vuelta. Sólo podrían hacerlo cuando llegaran a sus pueblos.  Las heridas en la frente y en el rostro les daban la apariencia de máscaras. Gjorg se puso a pensar cómo quedarían las plañideras de su clan. Parecía que toda su vida interior sería un almuerzo fúnebre sin fin, en el que una facción se turnaría con la otra en el rol de anfitrión y visitante. Y cada una de ellas, antes de irse al banquete, pondría su máscara sangrienta”
Plañideras del sepulcro de Doña Urraca  Díaz de Haro (s. XIII) Abadía de Santa María de San Salvador, Cañas, en La Rioja.
Por: Consuelo Escribano Velasco
Fuente: ermitiella.blogspot.com.es

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