Entre cementerios y fieles difuntos

por Hernán Santiago Vizzari – hvizzari@gmail.com

Antiguamente el descanso eterno de un difunto era en las iglesias, según el estatus social de los mismos, más cerca o más lejos del altar reposaban sus cuerpos. Encontramos restos en la iglesia de San Juan Bautista, San Francisco y su capilla de San Roque, en la del Pilar, por supuesto la Catedral de Buenos Aires, entre otros lugares santos.

El primer camposanto de Flores fue inaugurado un 2 de septiembre de 1807, junto a la iglesia que todos conocemos. Este primitivo cementerio estaba situado al este de la misma, sobre la calle actual Rivera Indarte hasta casi Ramón L. Falcón. Según documentos de la época era un enterratorio humilde, que durante mucho tiempo sólo se inhumaron allí esclavos y vecinos de precarias condiciones. Tengamos en cuenta que las familias distinguidas no lo utilizaban, prefiriendo sepultar a sus deudos en iglesias tradicionales, como detallamos anteriormente.

En 1822 se toma un terreno adjunto a la Iglesia del Pilar y se crea el Cementerio del Norte (hoy Recoleta) que recibe la bendición de camposanto. Varios años pasaron y este santo lugar se ampliaba en forma desordenada y sin cuidados, existía alguna que otra construcción funeraria importante como también fosas comunes.

1871 año fatídico para Buenos Aires, la epidemia de fiebre amarilla que del año anterior se tenían vagas noticias, empieza a hacer estragos entre la población, en el Cementerio del Norte y del Sud habilitado en 1867 (hoy plaza Florentino Ameghino) no se realizaban entierros. La gente moría en cualquier lado, lazaretos, parroquias, sus casas y hasta en la calle. La situación era desesperante, tanto en poder saber quién era ese mortal enemigo invisible, como también en donde enterrar a los cientos de muertos que caían fulminados por día.

Ya por 1897 el día de los Fieles Difuntos convocaba en todos los cementerios, a una gran cantidad de visitantes. Los vendedores ambulantes de flores obstruían el paso a los agentes de policía que dentro de todo trataban de mantener el orden en todo sentido. En el interior de la necrópolis los sepulcros se limpiaban con notable esmero, tanto que los monumentos brillaban al sol y las estatuas de bronce parecían talladas en un enorme diamante negro. Casi todas las bóvedas y panteones se enmarcaban con nutridos arreglos florales, columnas de hiedra entrelazadas con jacintos, guirnaldas, coronas y hasta en algunos casos desproporcionados ramos de violetas.

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Se había formado una vida comercial de compra y venta de artículos funerarios, como también se construían carpas y casillas de madera donde se vendían comestibles y bebidas. En bancos formados por un tablón colocado sobre trozos de madera hombres y mujeres, comen, beben, charlan, gritan y comentan alegremente las anécdotas de sus vidas, mientras siguen renovándose las masas humanas que arrojan los tranvías de la ciudad en estos parajes de tanta desolación y tristeza. Estas postales tan ambiguas, tan distintas contrastan también con el cuadro social, humildes y bien puestos  penetran al sagrado recinto de la ciudad de los muertos. Ya en el interior de esas largas calles, silenciosas, llenas de recuerdos, pensamientos y sentimientos se depositan flores como ofrendas a la memoria de un padre, de una madre cariñosa, de un amigo o tal vez de un prometido. El hecho es que en ese día, todo era vida en los cementerios.

Ya para las 6 de la tarde las necrópolis recobraban esa soledad y silencio típico de los lugares santos, los vivos cumplieron con los muertos, dejando a su paso un tendal de flores, amor y recuerdos.

Las tres empresas de tranvías, Lacroze, Belga y Buenos Aires, habían conducido millares de pasajeros y asimismo no bastaban para las exigencias del público, sus viajes incesantes eran de casi todo el día a cupo más que completo.

El llanto de los humildes, sin cruces, ni flores. Tumbas sin epitafios. Los muertos que en ellas descansan no siempre han sido los menos amados!

Lo interesante de todo esto es poder apreciar que si bien en Buenos Aires y algunas capitales de nuestro país, las costumbres funerarias fueron desapareciendo gradualmente, en el Norte de nuestro suelo no pasa lo mismo, todavía se mantienen costumbres muy similares como en el resto de América Latina. Estas provienen de una antigua creencia Mexicana. Cuando una persona muere, su espíritu continúa viviendo en el inframundo, lugar en el que residen las almas de quienes han dejado la vida en esta tierra. Un día al año retornan a sus antiguos hogares para visitar a sus parientes y seres queridos. Al “visitante” hay que deleitarlo y dejarlo satisfecho con todo aquello que “en vida” fue de su mayor agrado, en especial la comida. Esta “comida ritual” se efectúa en la casa y cementerio, lugares donde los vivos y muertos se hacen compañía, como en varias oportunidades hemos visto esta clase de postales en el Cementerio de Flores.

Cada pueblo y región poseen algunas diferencias a la hora de conmemorar el “día de los muertos o las almas”, pero todos con la misma finalidad, agasajar a las almas de los seres queridos que han fallecido.