José Gregorio Rossi 1867-1921

Interrumpió sus estudios de ingeniería para ingresar como Agente Meritorio en la Comisaría Primera. Sin embargo, los conocimientos adquiridos durante sus estudios terciarios lo asistieron para desarrollar sus actividades detectivescas que le ganaron enorme fama.

Fue Jefe de la División Investigaciones, organización a la que dotó de elementos de avanzada para la época, como ser la identificación dactiloscópica. Fue el creador de la Cédula de Identidad, y por esa razón el Comisario Rossi llevaba la número uno.

A su lado, y hasta el momento de su jubilación en 1916, se formó una legión de empleados que jerarquizaron la Institución.


Este monumento data de 1937 y es obra de Domingo Vittoria, escultor autodidacta, nacido en Buenos Aires en 1894.

 Vittoria en acción. Modelo de yeso de la estatua en ejecución del ex jefe de Investigaciones de esta capital, señor José Gregorio Rossi, obra que le ha sido adjudicada por concurso y elegida entre treinta y cuatro «maquettes» presentadas por el mismo.

JOSÉ GREGORIO ROSSI

En el silencio de su retiro, después de treinta años de trabajo fecundo, el famoso «detective» argentino nos cuenta sus aventuras policiales.

— ¿Se acuerda usted del comisario Rossi?

— ¿El comisario Rossi? Me suena ese nombre…

¡Pueblo olvidadizo! Treinta años consagrados a defenderlo de sus malhechores; treinta años exponiendo la vida detrás de los ladrones y buscando la muerte frente a los asesinos! Treinta años de inteligencia y de coraje para que se diga ingenuamente:

— ¿El comisario Rossi? Me suena…

Por fortuna, la crónica periodistica — antesala de la historia — no olvida al «detective» cuya enorme actividad sólo podría compararse con su norme paciencia, y cuya perspicacia instintiva dejaba mudos a los delincuentes más audaces. Sonriendo a través de su boca que parecía torcerse en un amargo gesto de dolor, los que hemos sido cronistas policiales de su tiempo le vimos a menudo «operar» a los picaros, sin gestos violentos. Sin actitudes trágicas…

Para aprender su idiosincrasia, hablaba con ellos, dulcemente, como de igual a igual. Interrogándolos en su propio dialecto, les entraba más hondo:

— A ver, hermano. ¡Batí el justo! y el ladrón más taimado, caía. El «lunfardo» más astuto, bajo la sugestión hipnótica de aquella voz afable, volcábase todo entero. Y decía la verdad sabiendo que se perdía en el vértigo…
Los ladrones de mayor desvergüenza temblaban frente a Rossi. Los ojos oblicuos del pesquisante eran desnudadores. Además, Rossi nunca olvidó que los delincuentes son hombres desgraciados.

— Son picaros, sí. Pero también son hombres.
Jamás ejerció con ellos violencias, ni atropellos. Muchas veces intercedió para que la comida ds los presos fuera mejorada..

Les daba consejos paternales, mostrándoles, romo un predicador, las consecuencias terribles del pecado.
La actual organización de la comisaría de investigaciones se le debe a Rossi el plan científico que hoy, tan inteligentemente, ponen en práctica los que le precedieron, es obra exclusiva de Rossi.
Y hasta la cédula de identidad, que se imita en todas las naciones del mundo, fué implantada por Rossi, contra viento y marea.

— ¿Y ahora?

Ahora, el comisario Rossi» — el héroe de tanta hazaña policial — vive silenciosamente. No es joven. Pero no envejece. Soltero irreductible, sin ilusiones, las desilusiones no lo muerden.
Trabaja… En la calle Carlos Calvo, 2264, dirige una oficina reclutadora de obreros para la «Asociación del Trabajo».
Allí le encontré, mirando hacia la calle. Miraba llover… Un perro de raza policial, viejo, echado a sus pies,contemplaba, al maestro como si la tristeza de la lluvia le lloviera en el alma.

— ¡Toba! ¡Aquí, Toba!

El perro, al verme, quiso humanizarse. Me mostró los dientes… Luego, sin literatura, se tendió a dormir junto a los pies del amo. De rato en rato, mientras Rossi evocaba sus antiguos recuerdos. Toba levantaba el hocico. Husmeaba las palabras. Y volvía a dormir.

— ¿Cuáles fueron su primeras pesquisas Rossi?

— En realidad, cada pesquisa que he hecho me ha parecido siempre la primera. ¡Puse en toda mi carrera un entusiasmo de muchacho! Yo entré muy joven a la policía. Debo mi carrera al vicio del tabaco… ¡Los cigarrillos han tenido la culpa!

— ¿Cómo?

— Era estudiante de ingeniería. Mis padres me costeaban los estudios. Pero nadie me costeaba los vicios. Me gustaba fumar…

Un amigo me dijo: ingresa en la policía. Sacarás para los cigarrillos. Entré de meritorio en la comisaría de la 1º sección, allá por junio del 89. Las comisarias son verdaderos cinematógrafos.
Me entusiasmó aquel mundo nuevo, tan pintoresco, tan lleno de emociones. Eché al diablo la ingeniería y me dediqué, en las horas libres de la guardia, a buscar delincuentes.

Mi primera pesquisa fué una aventura que no puede contarse…

Ah, si usted la conoce. No la cuente… La segunda, fué aquella célebre falsificación de billetes de 20 y 50 pesos. ¡Admirable falsificación! Los billetes falsos, en fototipia, apenas se distinguían de los buenos. Es decir, los falsos eran más perfectos, más artísticos, más buenos que los buenos.

Antes de capturar a los falsificadores, Luis y Antonio Serafini, anduve varios meses buscándolos. Siguiéndoles el rastro… Se sospechaba que los hermanos Serafini, con sus cómplices, vivían en una casa solitaria.
Triste. Silenciosa… En mi larga carrera he podido constatar que todas las casas donde se falsifica dinero tienen un aspecto especial de misterio. Se parecen en todo: las cortinas, los vidrios, las puertas, la falta de niños…

Frente a la casa sospechosa de los Serafini habia una zanja donde yo me escondía. Allí, vestido de atorrante, espiaba, por etapas, sin perder la paciencia.  (Yo le llamo «paciencia» a la «esperanza»…) No entraba ni salía gente. De mañana veíase una vieja con una gran canasta. Iba al mercado. Parecía ser la única inquilina.

¡Cómo era posible que en esa casa sin gente se estuviera falsificando plata?
¿Y los operarios? Un día me fui detrás de la vieja. (Observé que compraba varios kilos de carne, mucha verdura, abundante fruta y pan como para veinte personas de voraz apetito . . . No había duda. Los víveres eran para los falsificadores. La vieja no podía comer tanto!…) Nos preparamos para dar el golpe. Pero ¿cómo haríamos para que nos abrieran la puerta? Era inútil golpear.

Desde adentro se veía, quizá, por alguien «bichadero» a la persona que golpeaba.
Me disfracé de cartero… Mientras mis colegas se ubicaban, estratégicamente, en los fondos y en la acera — contra la pared — yo me acerqué a la puerta de calle, goljieando. Al rato oí una voz tras la puerta que decía despacito

— Sí, es el cartero. La puerta se entreabrió. Por el hueco vi pasar la mano flaca de la vieja, en actitud de tomar la carta que yo le daba… Dispuesto a jugarme la vida con mis compañeros, puse la pierna en la rendija. Me introduje violentamente en el zaguán. Eché la vieja a la calle y… ¡Adelante con los faroles! ¡Viera usted que fenómeno
curioso! En el interior de la casa varios falsificadores, numerosos individuos grandotes, robustos, vigorosos, nos aguardaban arrimados a la pared, pálidos de sorpresa. Tenían armas. Podían defenderse. ¡Pero qué esperanza!Nuestra presencia inesperada les había infundido un miedo de ratón.
Estaban lívidos. Mudos. Parecían estatuas… Y así los pudimos «encanar» a todos. ¡Oh, la vida del pesquisante está llena de cosas inesperadas!

Cuando uno cree que lo van a matar, lo reciben temblando.

— ¿A menudo tenía usted que disfrazarse?

— ¡No! Pocas veces… La mejor característica de un buen pesquisante es no tener ninguna. El mejor <detective» es aquel que, sin disfraz, se asemeja físicamente a todo el mundo.

Yo, con esta figura común, insignificante que Dios me ha dado, no necesitaba — salvo en casos excepcionales — recurrir a las barbas y remiendos postizos… Nunca he tenido aspecto de Sherlock Holmes.
A propósito, oiga lo que una vez me aconteció. Yo venía de Flores. Hace ya muchos años… Me gustaba viajar en el piso alto de los coches imperiales.

¿Se acuerda? Aquellos tranvías de los Mataderos… Me senté mirando el horizonte. De repente percibí las palabras clásicas del cuento del tío. Me puse a escuchar.
No cabía duda. Dos cuenteros, a mi lado, venían preparando al «otario» para una combinación maravillosa. Una herencia a cobrar. Lo de siempre: la herencia del tío… Los cuenteros eran dos ladrones «remanyados»: el cordobés Castillo y e! Quijote Chico… La víctima, un pobre carnicero.

Yo escuchaba y me hacía el zonzo. Cuando el carnicero mordió el anzuelo llamé a un agente y los detuve.
Los dos ladrones, sin quejarse, se dejaban llevar. Pero el carnicero, furioso, me gritaba, defendiendo a los mismos que io iban a esfatar. Le habían «hecho el cuento» tan admirablemente que aun creía en la herencia.

— Son ladrones, amigo. ¿No ve, que lo querían estafar?

— ¡Qué estafar ni qué estafar — vociferaba el carnicero. Son dos buenos paisanos que tienen en su poder la herencia de un tío…

— ¡Son ladrones!

— ¡Maqué ladrones!

Mucho trabajo costó convencerlo. Mejor dicho, los mismos ladrones tuvieron que confesarle, en mi presencia, la pura verdad. Asimismo no creía.

— Sí, bueno Ustedes me han querido robar, pero ¿y la herencia? ¿Y el tío?

— El tío no existe.

— Ya sé que no existe. Por eso yo me haré cargo de su herencia… Entréguenme el cofre con la herencia que debo repartir, y les doy los mil pesos…

¡Ese fué el trato!

Entretanto el Quijote, lamentándose de haber caído en mis redes, me decía:

— ¡Qué otario soy! No haber sabido que usted era Rossi, el pesquisa!

— ¿No me viste cuando me senté cerca tuyo, en el tranvía?

— ¡Qué me iba a imaginar que era usted ese tipo de almacenero que se sentó a mi lado!

Y ese «tipo de almacenero» — concluyó diciéndome Bossi — es el que me ha servido de mejor disfraz.

(En efecto. Es un disfraz bajo el cual Rossi esconde una gran inteligencia y un corazón muy grande.)