Carlos Loiseau «Caloi» (1948 – 2012)

Sus restos fueron inhumados este mediodía en el Cementerio de Chacarita. Antes, habían sido velados en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso, por donde pasaron familiares, amigos y lectores.

En una mañana gris, los restos del genial historietista y humorista gráfico Carlos Loiseau, más conocido como Caloi a secas, fueron despedidos por familiares, amigos y seguidores de su obra.

Minutos antes de las 11, el cortejo partió desde el Congreso hacia el Cementerio de la Chacarita, dejando atrás un cerrado y cálido aplauso. Los restos habían sido velados desde anoche en el Salón de los Pasos Perdidos, que desde las 22.30 estuvo abierto al público. Previamente, sus allegados lo habían despedido a solas durante media hora.


Dibujantes, músicos, actores, políticos y público en general se acercaron hasta el féretro acompañado por un retrato de Clemente en blanco y negro para darle el último adiós al historietista.

Acompañando a la mujer del dibujante, María Verónica, y a los tres hijos –el humorista Tute, Tomás y Aldana- estuvieron el humorista Quino y los músicos Javier Torres y Víctor Heredia.

También llegaron hasta el Congreso el dibujante Miguel Rep, los actores Joaquín Furriel y Rodrigo de la Serna, y el integrante de Les Luthiers Daniel Rabinovich, entre otros.

Entre los funcionarios y políticos, se destacaron el secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia; Liliana Mazure, titular del INCAA; el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez; y el ex jefe de Gobierno porteño, Jorge Telerman.

Fuente: clarin.com

“Caloi en su tinta”, o el arte de popularizar un ciclo de culto

El programa arrancó en 1990 y estuvo en el aire durante 17 años ininterrumpidos.

En casi todos los tributos que la TV le rindió a la TV por sus 60 años de historia –se cumplieron en el 2011–, “Caloi en su tinta” tuvo su rincón para el recuerdo, ganado a fuerza de prestigio. Concebido como el nicho para cineastas de animación y sus arrabales, en poco tiempo comenzó a derribar fronteras para dejar de ser ‘un programa de culto’ y convertirse en uno popular.

Creado y conducido por Caloi –y dirigido por su esposa, la artista plástica María Verónica Ramírez–, el ciclo debutó en 1990, en el viejo ATC, con el objetivo de “difundir el cine de animación de autor”. Con el correr de los meses, no sólo él se fue soltando frente a cámaras, imponiendo su estilo amigable y poco solemne, sino que el ciclo fue mutando de un formato rígido, con secciones bien definidas para mostrar los cortos elegidos o hablar de la trayectoria de los realizadores, a generar un espacio en el que el cómo y el qué fueran claramente de la mano: gracias a los efectos especiales y su ilimitada imaginación, Caloi logró hacer de cada capítulo de su programa un mediometraje de animación en si mismo, de alguna manera. Muchos de ellos lograron ser joyitas de colección.

Si bien el leit motiv de base era el de la difusión de la animación cinematográfica, el ciclo coqueteó rápidamente con otras artes, como la plástica, la escultura y la pintura, lo que, sostenido en sus sólidos pilares educativos, lo fue llevando a ser un espacio interdisciplinario, sin perder jamás la esencia.

Su largo recorrido en pantalla chica –17 años interrumpidos– se reparten entre los 10 iniciales en ATC (estuvo hasta 1999, inclusive), los tres de Canal á (del 2001 al 2003) y los cuatro de Canal 7, emisora a la que volvió en 2005. Allí estuvo hasta 2009, en las cálidas emisiones de los sábados a la noche, en las que desde su tono grave y coloquial se proponía encender al famoso niño que, dicen, todos ‘llevamos adentro’.

Declarado de Interés Cultural y Educativo por la Secretaría de Cultura de la Nación y por la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Buenos Aires, entre otros organismos, el ciclo fue invitado a participar de una serie de festivales de cine de animación, como los de Francia, Brasil y Finlandia.

Además, en su camino matizado por el reconocimiento, se destacan dos premios FundTV –a las producciones educativas– y un Martín Fierro ganado en 1993 como mejor programa cultural.

Siempre se las ingenió para llevar el cine a la televisión. O, mejor dicho, a las casas.

Por: Silvina Lamazares

Fuente: clarin.com