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El brigadier general juan bautista bustos en su Córdoba natal

Dos personajes, dos vidas, dos visiones, dos ideales y dos maneras diferentes de llevarlos a la práctica. Pero ¿puede hablarse, por ello, de dos historias? Si nos adentramos en el pensamiento de cierta corriente filosófica que ha influido en la historiografía (y a la que no deja de asistirle razón) según la cual existe una historia y una contrahistoria, sí, efectivamente, se trataría de dos historias: la del Brigadier General Juan Bautista Bustos y la del General José María Paz.
Sin embargo, creemos que estos dos personajes son parte –cada uno a su manera- de la única historia argentina. Pero, como bien sabemos, los argentinos nos encontramos divididos hasta en la forma de observar e interpretar el pasado común. Puerto e interior (cada uno con sus sacerdotes y profetas del rito histórico) se enfrentan y destruyen en su discusión sobre el pasado de la misma manera en que lo hicieron durante las guerras civiles. El héroe de Buenos Aires es el maldito del interior y viceversa. De esta postura extrema e irreconciliable a la demonización del oponente hay un breve trecho.

Recorramos –aunque nos cueste un trabajo próximo al sacrificio- alguna librería y –con mayor “entrega” aún- una biblioteca. En ambos recintos, entremezclados en los anaqueles o estanterías conviven en paz (al menos momentánea) los monumentos de una (o mejor dos) historiografías que, empeñadas en ensalzar a los propios y destruir a los adversarios, han logrado convertirse nada más que en meras expresiones maniqueas de la forma de relatar el pasado, de narrar, de hacer inteligible la historia.
Sin embargo, nuestro propósito es contribuir, expresar nuestra opinión con relación a la última polémica de carácter histórico que se produjo y desarrolló en Córdoba: el traslado de los (supuestos) restos del Brigadier General Bustos y su sepultura en la Iglesia Catedral.
No incursionaremos en la cuestión, espinosa por cierto, de lo referido a la pertenencia o no de esos restos mortales al primer gobernador constitucional de Córdoba. Cuanto menos, podríamos calificarla de apresurada. Ahora bien, tampoco es ése el punto central de este comentario.

Hagamos un pequeño esfuerzo para dejar de lado ese aspecto controvertido y vayamos más allá en procura de hallar o, mejor dicho, significar esta decisión gubernamental (decimos “significar” siguiendo la definición del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: “representar, valer, tener importancia”). Desde este punto de vista cobra sentido y valor esa medida.
No sólo constituye un merecido recuerdo y homenaje a un héroe de la independencia y buen gobernante cordobés, primer mandatario constitucional de nuestra provincia, como dijimos. Sus luchas a favor del federalismo le han valido el reconocimiento de una parte del país, el interior por supuesto.
El 22 de abril de 1829, las fuerzas de Bustos y Paz se enfrentan en la Estancia San Roque. Las disciplinadas y veteranas fuerzas del “manco” derrotan y ponen en fuga a los federales. Tras muchas peripecias, Bustos huye a Santa Fe donde moriría el 18 de septiembre de 1830. Sobre las circunstancias de su muerte tampoco hay acuerdo. Muerte por heridas en batalla (para algunos), muerte natural ayudada por los rigores a que se sometió para no caer prisionero, según otros.
Su antiguo lugarteniente y ahora vencedor se consagra (autoproclama, sería más correcto) gobernador de la provincia que había visto nacer a nuestros dos personajes.

Sin embargo, ese hecho igualador de la condición humana, que no conoce de rangos ni privilegios, abrazó a ambos hombres. No obstante, la suerte de uno fue algo mejor que la del derrotado en San Roque. El General Paz fue sepultado no mucho después de su muerte en el mayor templo católico de la capital cordobesa. Bustos (o quien sea a quien hemos repatriado) volvió a su Patria chica ciento ochenta y un años después de morir en el destierro. Pero no nos distraigamos de nuestro fin.
Debemos seguir creyendo que el cuerpo enterrado hace pocos días en la catedral pertenece al ex gobernador de Córdoba hasta que se demuestre lo contrario. En ese entendimiento continuaremos nuestro comentario. La decisión del gobierno de Córdoba es acertada, valiosa y relevante en cuanto al rescate de nuestra memoria histórica. Porque la memoria a recuperar no sólo es la referida al último cuarto del siglo XX en adelante. La memoria completa, no sesgada, debe remontarse a los lejanos tiempos previos, incluso, al descubrimiento de nuestro continente. Si no lo entendemos así privaríamos de sentido, entre otras cosas, la lucha de los pueblos originarios por sus derechos.

Y aquí volvemos a aquello de significar la historia. ¿Advertimos la importancia simbólica de la medida? ¿Comprendemos cabalmente lo que representa que adversarios a ultranza durante sus vidas, compartan tras su muerte, el lugar del descanso eterno? Uno frente al otro como en el momento cúlmine de la vida del caudillo federal. Uno frente al otro pero, ahora, en paz. Ninguno cabalga ya; ninguno blande la espada con la cual honraron a la Patria pero también la enlutaron en las guerras civiles. Sus voces no atronan en los campos de batalla. Sus vidas se consumieron buscando concretar sus ideales, luchando por ellos con valor. Cada cual con su visión; dos maneras, dos modos diversos e irreconciliables de entender el mismo país y su forma de gobierno. Esas posturas políticas -que ensangrentaron el suelo patrio- los llevaron a abandonar antiguas camaraderías y respeto mutuo.
Ahora, el tiempo y una decisión correcta vuelven a ponerlos cara a cara aunque ya no se escuchen cruces de metales, cañonazos ni gritos ni gemidos de dolor.
Bustos y Paz encarnaron dos ideas de país. Ambos fueron hijos de una Córdoba rebelde y no dispuesta a dejarse atropellar. Paz y Bustos jugaron sus cartas a su manera, como mejor creyeron y pudieron.
La historia se ha significado; nos ha dado –otra vez- un ejemplo de convivencia, respeto, armonía, tan saludable como necesario. Un país dividido y enfrentado no puede dar respuesta a los desafíos que los tiempos actuales le tienen reservados. Una nación fragmentada no constituye el mejor escenario para encarar el futuro.
Al significarse, la historia ha cobrado vida; se ha corporizado –diríamos-. Ha adquirido el carácter de un metadiscurso, que excede el valor de lo expresado verbalmente o por medio de la palabra escrita. Y, al corporizarse, el pasado histórico nos presenta a Bustos y a Paz, no ya enfrentados en la lid militar y política sino uno junto al otro, codo a codo. Se los ve juntos, ambos sobre sus caballos. Incluso se dice que desde lo alto del bello Parque Autóctono dos hombres montados contemplan la ciudad; uno con gruesas patillas y tupido bigote; al otro le falta una mano. Sí, son ellos que, desde el fondo del tiempo nos observan, a nosotros y al resto de los argentinos.
Ellos, que lucharon uno junto al otro y frente a frente en otras batallas, cuyo fragor ya cesó. Su pasión por el país los ha reunido nuevamente. Ya no pueden hablarnos, pero –sin embargo- sus voces resuenan como el trueno y nos llaman a superar antagonismos y rivalidades y a estar dispuestos a ofrendar a la Patria el mismo sacrificio que ellos le brindaron.
Podremos discutir, seguir haciéndolo en rigor, sobre la autenticidad de los restos del General Bustos trasladados a nuestra ciudad. Lo que no debería ser objeto de pleitos entre cordobeses (al menos) es la importancia histórica de ese traslado, el reconocimiento a la memoria del antiguo gobernante y, principalmente, al ejemplo de convivencia y respeto mutuo que podemos rescatar de esta significación de nuestra historia de la que venimos hablando.
Finalmente, en estos momentos asaltan nuestra mente algunos versos del Martín Fierro; aquellos que dicen “(…) los hermanos sean unidos (…)”. Entendemos que el metamensaje que transmite este acontecimiento está dirigido en ese mismo sentido; demostrar y demostrarnos que la reconciliación no es imposible; que la unidad (aun con disenso) es factible de alcanzar; que los otros argentinos no son enemigos y que, por último, nuestro destino como nación depende de la grandeza de espíritu y la decencia con que estemos dispuestos a vivir en el futuro. Compartamos o no sus ideales y pensamientos, Bustos y Paz son un buen ejemplo de esos valores, cuyo peso en la hora actual adquiere una gran magnitud y una trascendental importancia.

Por Ismael Arce – Licenciado en Historia
Fuente: comercioyjusticia.info