«Soltero» por Christian Roeber

Llegaba a los cincuenta años con el invierno por fuera, algunos mechones de cabellos blancos sobre la frente, y el invierno por dentro, algunos escepticismos en la inteligencia. Y solo, sin afectos íntimos, abismado en esa tristeza silenciosa que acompaña al ocaso de la vida, contemplaba con temor, por detrás de los cristales de la ventana, la tenue claridad de un crepúsculo, que se apagaba con lentitud, como su propia existencia. Sentía el vacío de su hogar, y le parecía que todo le hablaba de la muerte en aquella última hora de la tarde, los techos obscuros, las paredes que se iban llenando de sombra, los muebles carcomidos por la polilla, los golpes acompasados del péndulo de un reloj antiguo colocado sobre una mesa, el ruido de sus pasos, que sonaban en las desiertas habitaciones de la casa como en el hueco de un panteón, cerrado por estrecha bóveda de piedra.

La negrura del espectáculo, presente a sus sentidos, encaminó su pensamiento a la contemplación de las escenas luminosas del pasado, de aquel tiempo en que todas las ilusiones estaban vivas, y puras todas las creencias. Y acomodándose en un sillón, qué envejecía con él, empezó a soñar despierto y A reconstruir en su memoria un mundo derrumbado, sobre cuyas ruinas había extendido el tiempo sil túnica de polvo. En la semioscuridad del aposento renacían las visiones de aquel mundo destruido y se poblaba el espacio de imágenes risueñas e idealizadas por las vagas transparencias del recuerdo. Venían a él las mujeres a quienes amó, las que le regalaron los oídos con la música de sus voces y le embriagaron con los perfumes de sus besos juveniles.

Fany iOh! iQué belleza de aquella rubia! Y María? Su nombre era de virgen y su aspecto también. No levantaba la vista sino para mirar al cielo, y entonces sus grandes ojos se llenaban de luz de una luz serena, como la de las místicas lámparas que los ángeles mantienen suspendidas por hilos invisibles en el templo silencioso de la noche. Él se lo había dicho así en una carta, que ella debió besar a hurtadillas, antes de guardarla bajo los encrespados encajes en que se escondía su seno de adolescente. Luego, las visiones de Ida, de Emma y de Hortensia desviaron su atención hacia otros amores menos ideales. Pero en su espíritu, agobiado por la soledad del desierto en que peregrinaba desde que emigró de Europa, triunfaba en aquella tarde la poesía y para alejar los recuerdos perturbadores evocaba el de su primera pasión, casta y sencilla como la mujer que la inspiraba. Era allá, en la parroquia de Norham, a las faldas de los montes Cheviot, coronados de nieve. Ella era la reina de aquel país, el hada encantadora de aquellos ríos azules y aquellos sombríos bosques de pinos seculares, y la generosa providencia de todas aquellas pobres familias de pescadores, que tendían sus redes en las aguas del Tyne, o más lejos, en la desembocadura del Tweed. La adoraban como a una divinidad bienhechora de cuyos dedos suaves y delicados brotaban monedas de oro para socorrer a los desposeídos y de cuya boca sonriente emanaban dulces palabras de consuelo.

La vio una tarde y le pareció una visión resplandeciente. Estaba al pie del castillo feudal de Norham bajo los viejos torreones que destacaban sus obscuras moles de piedra en el opaco cielo, encorvado a distancia sobre las cumbres blancas y desiguales del Cheviot. La amó y se lo dijo y ella le amó también, sin ocultárselo.

Más tarde, cuando la vida en las grandes poblaciones y los viajes por Europa y América corrompieron sus sentimientos y bastardearon los puros ideales de su primera juventud, se mofó de la castidad de aquel afecto, tan campestre como el olor del tomillo de los montes que perfumaba los zapatitos de la sencilla virgen de Norham. Pero la tristeza presente rodeaba de respetos aquella santa memoria de lo pasado. ¿Por qué huyó del sosiego de la humilde aldea, y rompió su relación con la mujer amada, y se arrojó a las tempestades del gran mundo, y fue a buscar bocas lascivas que soplaran en el fuego de sus pasiones? Su felicidad estaba allí, en aquel escenario reducido, en el valle regado por el Tyne a  la sombra de los agrietados torreones del antiguo castillo feudal y al amparo de la vieja parroquia, alrededor de cuyo campanario formábamos aviones, durante el estío, sus rápidos y desordenados remolinos de alas negras. En la creciente obscuridad del aposento se desvanecieron las imágenes de todas las mujeres que impresionaron sus sentidos, y solo quedó la de la doncella de Norham con su collar de ámbar y la cruz de oro pendiente sobre el pecho, su esclavina de paño azul y sus zapatitos impregnados del olor de los tomillos.

Abandonó el sillón para asomarse a la ventana. Caía la noche sobre la soledad de la llanura y se percibía el incesante rumor de la gran ciudad lejana, cuyo alumbrado eléctrico proyectaba una extensa parábola luminosa, una niebla de luz blanca e intransparente, en que no se distinguía ningún objeto, ni se dibujaba ninguna forma.

Pero él creyó ver los muros del Cementerio de la Chacarita, las inmóviles y negras pirámides de algunos cipreses, y la honda fosa que le esperaba abierta para que durmiese en ella el último sueño. Cuando se cerrase aquella sepultura, no iría una mujer enlutada a postrarse sobre ella de rodillas, a perfumarla con ramilletes de flores y a humedecerla con sus llantos.

Christian Roeber  – Año 1899

Ilustración:  Bosco